Crónica

Por Javier Ortíz Cassiani

En la tarde del 6 de octubre de 2014, un rayo cayó sobre la vivienda ceremonial en la que se encontraban reunidos 34 indígenas en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, en el resguardo wiwa Kemakumake. El trágico hecho cobró la vida de once personas y dejó 20 heridos. En la prensa se registraron las declaraciones de un meteorólogo del Ideam que explicó las causas así: “generación de nubes de buen desarrollo vertical, antecedidos durante la tarde del domingo de una condición de calentamiento sumado a una extensa humedad dado por el paso de una onda tropical”.

Sin embargo, el mamo Ramón Gil Barrios, quien presenció la tragedia, no solo narró con dolor cómo fueron los hechos, sino que con absoluta convicción fue capaz de explicar lo que había originado todo: “A mí no me privó, no más me dio un golpecito. El rayo decía ‘esto lo hacemos para que usted también comprenda y hable y empiece a informar a todos, porque de hoy en adelante va a haber violencia de la naturaleza, violencia de la humanidad porque ha habido mucha profanación, están irrespetando la madre tierra, no la quieren escuchar, no quieren respetar la tierra”.

El mamo Ramón Gil, quien perdió a su hijo ese día, contó que el trueno le habló, “no saben cómo vino todo y por eso, va a venir problemas, violencia de la naturaleza”, escuchó mientras el lugar ceremonial se prendía en llamas. Él asegura que ya veían venir la tragedia. “La madre naturaleza ya no los había advertido por la tala indiscriminada de bosques, los saqueos a los sitios sagrados, los abusos que se han cometido contra nuestros territorios”, explicó con preocupación.

Narró con precisión cada detalle de aquella tarde. Contó que el trueno estaba bravo aquel día, que a él se le alcanzó a nublar la vista, pero enfrentó al trueno y a la candela, que los insultó, que sintió rabia, pero que nada pudo hacer, el fuego se apoderó del lugar. Al día siguiente, cuando todavía humeaban los restos de la vivienda, algunos indígenas salieron del pueblo por temor a que el rayo les volviera a caer.

Para los wiwa el territorio está vivo. El diálogo del mamo Ramón Gil con el trueno es la clara manifestación de un territorio que habla, que cobra vida a través de sus manifestaciones, que tiene un corazón pulsante que agoniza cuando es violentado, un territorio que se representa como víctima y que reclama ser reparado.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

En la experiencia del Grupo de Enfoque Diferencial Étnico del Centro Nacional de Memoria Histórica, con el respaldo de la Organización Internacional para las Migraciones –OIM- jóvenes y mayores de la comunidad Wiwa apuestan por ubicar las afectaciones del territorio y los dispositivos de memoria locales que podrían contribuir a sanar ese territorio victimizado. Así se camina esta historia, de la única manera posible, recorriendo los senderos, construyendo los mapas, consultando a los mayores, movilizándose por el territorio. Solo redescubriendo esos caminos y su importancia para el equilibrio de la comunidad, es que emergen posibilidades de reparación y opciones de duelo.

En las tierras de El Naranjal, un sector de la Sierra Nevada de Santa Marta, del lado de La Guajira, donde habitan 14 familias wiwas, la sequía golpea con intensidad la vida cotidiana de los indígenas. Subiendo desde Juan y Medio, el camino atraviesa varias veces el río Tapias con su lecho seco, como una serpenteante avenida de arena y polvo. En el paisaje desde allí, se ven los estragos de la motosierra que ha dejado apenas recuerdos de inmensos árboles de caracolí que ya no existen. Campesinos y propietarios de predios se ganan unos cuantos pesos vendiendo madera sin control alguno. Se tala y se quema indiscriminadamente, se desestabiliza el terreno, derrumbes sepultan lastimeras quebradas, el precio que pagan en El Naranjal, como en otros pueblos de la Sierra, es la falta de agua.

Allí estaba Luis Zigungama Lozano, Cabo de la comunidad – kashimama -, con su mirada inquieta, moviéndose de un lado a otro, pendiente de los detalles, como manda la lógica cuando la reunión de la comunidad se realiza en su lugar de origen. Es uno de los jóvenes investigadores encargados de realizar los recorridos por los lugares sagrados del territorio Wiwa. Advierte que cuando emprendieron este camino de la mano de los mayores, apenas se podían mover a tientas por el espacio. Era su tierra, pero no la habían convertido en territorio. Muchos jóvenes habían fragmentado una relación que para los mayores era indivisible. La tierra cobra así un sentido particular. No es ajena al mundo interior de los indígenas, no se halla en otro lugar. Como Luis, muchos otros escuchaban hablar a sus mayores, pero fue con el proceso de reconocimiento del territorio que estos jóvenes aprendieron también a conocerse a sí mismos, a tener más consciencia de quienes son y cuál es su papel de resistencia.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

Con el proyecto del Centro Nacional de Memoria Histórica los wiwas construyen sus propios mapas del territorio, lo dibujan con los mayores, las mujeres, los niños. Toda la comunidad participa. Narran y representan sus sitios sagrados, hacen sus propios recorridos y consultan a los mayores. Miguel Armenta, uno de los jóvenes wiwa que ha hecho parte del proceso, explica con claridad cómo es esa relación. Despliega el mapa con cierto orgullo y dice: “De aquí viene mi linaje. De aquí vengo yo”. Dibuja una sonrisa en su rostro. “El mío también”, responde otro joven con prisa, como para no quedarse atrás con la memoria de su pueblo.

A través del proceso de construcción de mapas representan las afectaciones: “Lo más interesante es identificar en el mapa a las bases militares, a las represas, a los megaproyectos, así podríamos mirarlo en término de afectaciones, identificar qué pasa cuando se afecta un sitio como el padre espiritual de los peces, qué pasa cuando se afecta un sitio como el padre espiritual del gobierno propio, cómo está la alimentación en torno a los peces, cómo está la alimentación del plátano, cómo está el café, porque esas cosas no están dando, entonces hay que mirarlo, mirar la realidad actual del pueblo, porque eso es lo que nos han dicho los mayores. En el momento en que nosotros no estamos haciendo los trabajos espirituales viene la escasez, se pudren las cosechas o deja de llover. Tenemos que mirar esos sitios sagrados en los que hay afectaciones, como se relacionan con la vida actual de nosotros”.

Los lugares de los padres o lugares sagrados cobran fuerza en la construcción de los mapas. Es imposible siquiera delinear el territorio sin considerar su vitalidad en la relación con el espacio y la vida cotidiana de la comunidad. Entender al territorio como víctima exige narrarlo desde esos lugares sagrados, pensarlo desde los cambios que se han presentado en esas dinámicas, porque desde allí se identifican afectaciones complejas para la vida de la comunidad.

El decreto 4633 de 2011 es el instrumento legal que permite entender que los pueblos indígenas han sido afectados por el modelo económico en sus territorios, es sus saberes, en sus tradiciones ancestrales, y especialmente esas afectaciones han sido sobre el territorio como un cuerpo, como un todo, como un organismo vivo. Su configuración fue hecha a partir del trabajo participativo de los indígenas y les permitió visibilizar que el territorio es una víctima.

La construcción de esos mapas, además, deja en evidencia las afectaciones producidas por procesos que “vienen de afuera”, como la presencia de represas, la guaquería, los cultivos de uso ilícito, las fumigaciones, los proyectos agroindustriales, los megaproyectos como Cerrejón, Puerto Brisa y la presencia de bases militares, las consecuencias de la guerra, los combates, el desplazamiento, las fosas comunes y los explosivos. Todos, sin excepción, representan un implacable riesgo para sus formas de vida.

Para los wiwa la explotación minera dentro de cualquier lugar del territorio le hace daño a toda la madre tierra. “¿Quiénes recibimos el impacto de esas afectaciones? Nosotros estamos dentro del territorio, a nosotros nos afecta espiritualmente, nos afecta culturalmente y nos afecta físicamente como seres humanos”. Esa estrecha comunión entre la tierra y la vida espiritual de la comunidad, crece vertiginosamente cuando el espacio carga sentidos más ceremoniales. “Los lugares de pagamento, donde anteriormente los mayores sabios y los antepasados rendían sus tributos, los chimaná, la tuma, los cuarzos, fueron saqueados por los hermanitos menores que entraron al territorio”, cuenta uno de los jóvenes con una diáfana impotencia. Luego, narra cómo aprendió a relacionarse con esos lugares desde su niñez, cómo le enseñó su abuelo a respetar esas ofrendas y pagamentos: “Veía a mi abuelo y mi papá siempre nos advertía, nos decía ‘cuando usted llegue a tal parte, si ustedes se encuentran con un sitio y usted ve que hay piedras, que hay una tuma, que hay cuentas, cornelina, cualquier cosa, usted tiene que saber que eso no se puede agarrar, eso no se puede tocar porque se enferma’, entonces uno tenía ese cuidado. De niño veía esos pagamentos en algunas partes de la sierra, ahora no se ve nada. En algún tiempo, el Ejército subía aquí y luego se llevaban las cuentas y los cuarzos y los cambiaban por cualquier cosa”.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

La usurpación de los lugares ceremoniales representa un grave hecho violento contra el territorio, un hecho que deja otro tipo de víctimas mortales. Mueren las relaciones con lo que consideran sagrado, mueren prácticas ancestrales, y muere la seguridad de sentirse protegidos por el equilibrio de sus propios rituales.

“¿Por qué está afectado Lamiyamyabo? Vino el Ejército y tiró 4 bombas y acabó como con 50 monos. Todavía hay huesos de mono. La guerrilla mató como tres y no los enterraron. Eso está afectado. Hay que hacerle mortuoria. Mire Selarrua, está seca el agua. Donde nacía el agua los soldados tiraron una bomba y eso hizo huecos, y se secó el agua ahora. Los soldados hicieron trincheras, ahí duraron un mes, y luego se llevaron toda las piedritas que habían allí, tumita, cornelina”.

Selarrua es una laguna que, para los wiwa, es como un cerebro, como una cabeza de la naturaleza. Explican que si se seca ese cerebro es como recibir un fuerte golpe en la cabeza, y es como si se enfermara, como si les diera meningitis. El agua para la cosmovisión de los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, es eje fundamental de la armonía de cada elemento sobre la tierra.

Uno de los lugares más controvertidos en la relación con el pueblo indígena es el río Ranchería, por lo que representa en medio de las disputas y presiones de los intereses mineros y agroindustriales. “El río Ranchería nace en Chirigua, una laguna que está en la parte de arriba. Cuentan los mayores que anteriormente era muy caudaloso, tenía muchas especies de pescados, especies de iguanas, muchas clases de aves y animales. Con el tiempo, con la llegada de algunos colonos campesinos detrás de la bonanza marimbera, los animales se fueron alejando. Algunos abusaron de la cacería, mataban toda clase de animales. El venado, la danta, la maná, la iguana y el saíno se fueron acabando. Así fueron también ocupando los lugares sagrados”.

Parte alta del río Ranchería antes de que sea represado en El Cercado y de pasar por el CerrejónFoto: Rommel Rojas para OIM

Cuenca del río Ranchería abajo de la represa cuando las compuertas estaban cerradas. Foto: Dejusticia, tomada del documental El pueblo wiwa y la represa Ranchería.

La presencia de los capuchinos y la bonanza marimbera ya habían dejado graves afectaciones a los pueblos indígenas, cuando empezaron a sentir movimientos de grupos guerrilleros y paramilitares en el territorio: “Allí es cuando empiezan los bombardeos, los ametrallamientos, y es allí cuando se construye la represa del Ranchería”. No hay para los indígenas wiwa diferencias entre los actores armados del conflicto y la intervención sobre el río. En sus narrativas aparecen como una poderosa fuerza que ejerce un mismo tipo de violencia. La violencia contra el territorio sagrado. Cuentan que, desde entonces, el río Ranchería se ha ido disminuyendo, secándose poco a poco, reduciéndose. Se han perdido 26 sitios sagrados, lugares que han quedado bajo el agua con la construcción de la represa. Ya no pueden pagar los tributos allí, no pueden hacer sus pagamentos. Aseguran que el agua empezó a cambiar, a emanar un olor fuerte: “Parece que estuviese eso como podrido, se sienten malos olores, y ha producido muchas enfermedades y muertes”. Recuerdan con dolor cuando el Ranchería era intocable, cuando en aquellos lugares solo se llegaba a hacer ceremonias sagradas. A veces se encontraban indígenas del pueblo Wiwa y Wayuu, y en esa coincidencia danzaban, cantaban, intercambiaban músicas tradicionales, hacían trueque de algunos alimentos.

El 19 de abril de 2003 los bombardeos sembraron el miedo y la destrucción en la comunidad de La Laguna. Varias casas se prendieron en llamas. “Cuando Alfredo estaba haciendo su casita fue a buscar palos por allá en aquella montaña. Él seguramente pensó que se iba a llevar ese palo con amor y que iba a vivir bien, y pensó que iba a hacer su casa con ese amor. ¿Qué venga otro y te queme la casa? No se siente amor, se siente morir y el espíritu de la persona se enferma. El espíritu del pueblo se asustó. El espíritu del pueblo no está aquí”. El desplazamiento que generó el bombardeo en La Laguna, las viviendas incineradas, se interpreta a partir de unas lecturas complejas, propias de la cosmovisión Wiwa. Los impactos de este hecho victimizante se interpreta a partir de las conexiones espirituales de los habitantes del pueblo, los laguneros, y a partir de la relación de ellos con su entorno. La reparación, entonces, pasa por una esfera distinta, que sólo puede ser precisada desde sus creencias. Sigue la narración con pausa y mientras habla, permite imaginarnos qué tipo de reparación requiere un territorio indígena.

Sobre el bombardeo de aquel mes de abril, muchos dicen que fueron los paramilitares, pero algunos aseguran que fue el Ejército: “El Ejército fue el que hizo esa masacre. Quizás ellos decían que eran las AUC, pero no era así. Se camuflaban como esa organización. Mataron a unas personas y luego las llevaron para diferentes batallones. Hicieron una base sin consultar a la comunidad. Pusieron una base en un lugar de pagamento y esa también es una afectación”. La presencia militar de las fuerzas armadas estatales también se asumen como una violencia que, por encima del orden indígena, impuso sus lógicas legítimas e ilegítimas.

La tragedia de los pueblos indígenas de otros lugares de la geografía colombiana, llega como una dolorosa noticia al pueblo Wiwa: “Es muy triste la historia del Cauca donde el mismo gobierno mete a las Fuerzas Militares en su territorio, a pesar de que es prohibido andar armado en el territorio. Ellos dicen que la guerrilla está allí, eso puede ser cierto o no. Se forma una plomera, se forma una bomba allá, y hay muchos sitios sagrados que pueden quebrarse. Si es un sitio de conocimiento, de experiencia o de sabiduría, uno se va debilitando, ya nada va a ser lo mismo”.

Las múltiples dimensiones de las afectaciones para los pueblos indígenas como el wiwa, complejizan la idea de la reparación. Las garantías de no repetición dependen de la posibilidad de hacer sus pagamentos, de encontrar espacios para sus prácticas ancestrales, de buscar sus salvaguardas espirituales. Los mayores hablan de saneamiento, de purificación, de la necesidad de una limpieza.

En el proceso con el Centro Nacional de Memoria Histórica surgió la idea de una Centro de Formación y Fortalecimiento Cultural que sirva para fortalecer al pueblo Wiwa y a todos los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. El mamo Antonio Pinto, con acento tranquilo, explica que aunque Wiwas y Koguis no hablen una misma lengua, su pensamiento es uno solo. Comienza a imaginar la Centro de Formación: “Nos podemos reunir Arhuacos, Koguis, Kankuamos, pero el pensamiento es uno solo. Allí se puede aprender sobre plantas medicinales, aprender la historia, se podría reflexionar, recibir consejos, aprender de gobierno espiritual, cómo mantenerse corporalmente, espiritualmente”.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

Foto: Rommel Rojas para OIM.

En este punto del proceso, después de noches arrulladas por los grillos y la música tradicional, noches iluminadas por el matiz naranja de la fogata, después de recorrer caminos con los jóvenes buscando los pasos de los mayores, después de entender que cuando se cuentan las víctimas de la violencia de los pueblos indígenas, el territorio aparece como la víctima más lastimada y que cada herida constituye una herida abierta en el corazón de cada niño indígena de la Sierra, de cada mujer a punto de parir, de cada hombre que levanta su casa, de cada viejo a punto de morir. El sufrimiento de un lugar sagrado es el sufrimiento de todos los lugares sagrados del territorio. Después de esto, vuelve aquel testimonio del mamo Ramón Gil en el que asegura que el trueno le dijo: “Hermanito menor, usted no sabe qué choque puede haber, así que hagan una reunión los cuatro: Koguis sabedores, Arhuacos sabedores, Kankuamos sabedores y Wiwas sabedores, y analice, investigue y unifique criterios espirituales”.

Quizá, el Centro de Formación les permita hacerles caso a las voces del trueno, que son las mismas voces de ellos, de su vida y la vida de su territorio que no es otro cuerpo, es el mismo cuerpo malherido de los Wiwa.